Desperté y lo primero que pude ver fue una habitación completamente iluminada, era fría y olía a cloro y antisépticos, tuve todavía un rato para acurrucarme con las sábanas blancas igualmente frías. Desde afuera llegaban los sonidos de las enfermeras que transitaban por los pasillos, de mi mano derecha salía un catéter conectado a una bolsa de suero, que al parecer se les había dificultado colocar ya que tenía varias pinchaduras en el antebrazo, me sentía completamente machacada, como si me hubiera pasado un rinoceronte por encima, también pude ver las suturas de mis cortes mal realizados en las muñecas, no les dí ninguna importancia en ese momento. Vi entrar a una enfermera por la puerta, parecía que llevaba horas en su trabajo por su apariencia que denotaba el cansancio de días, gritaba con una voz chillona bastante molesta “Fernanda ha vomitado 3 veces, ¿Le pongo un zofran?” “Si, ponselo”, le contestaba una voz masculina al otro lado de la habitación, se me dificultaba ver de quién provenía pero era seguro que era su superior, esa voz se fue acercando un poco hasta que pude ver de quién venía, era mi doctor, un hombre de aproximadamente 45 o 50 años de edad, se acercaba a la camilla en donde yo estaba recostada, “Por fin has despertado” me dijo.
Entonces ahí me di cuenta de que había fallado, me encontraba nuevamente en la habitación de un hospital, estaba en la sala de recuperación, mi intento de suicidio había sido un fracaso.
Era de esperarse, que me enamoraría de su manera inédita, porque conozco infiernos, y ese no era uno de ellos, era la época más feliz de mi vida, era como vacacionar cada que observaba sus ojos, su pupila clavada con la mía, y las canciones que teníamos en común de fondo, era de esperarse que me enamoraría de Lorena.
No sabía si quererla tanto me iba a dejar loca, era la persona perfecta. Porque antes de amarle no sabía que cuando conoces el amor, también conoces al dolor más grande.
Aquél día cumpliriamos 4 años de conocernos, lo recuerdo perfectamente. Ya teníamos el plan del día, yo la recogería a las 8:30 a.m. en su casa, en el portaequipaje de mi chevy rojo, aquella carcacha que mi padre me había regalado como regalo de cumpleaños, ya estaban mis maletas y todo lo necesario para un fin de semana juntas.
Como habíamos quedado llegué puntual a su casa, cuando la vi en la puerta esperando, con su cabello negro que llegaba hasta su cintura bailando al ritmo del aire que lo movía me quedé perpleja y no pude evitar pensar en la la suerte que tenía al haberme enamorado de un ser humano tan perfecto, que a pesar de todo me amaba con la misma intensidad que yo lo hacía. Bajé del auto y camine hasta la entrada de su casa para ayudarle con las maletas, al llegar se limitó a sonreír y a recibirme con un cálido beso como acostumbraba.
Ya en el auto comenzamos a platicar de cómo había pasado tan rápido el tiempo desde la primera vez que nos vimos, “No quiero que ésto termine nunca” me decía, “No, nunca terminará cariño, así que despreocupate y disfrutemos este fin de semana” le contesté.
Nos dirigimos a “Villa Tarina” una casa de lago que rentaban a muy buen precio a las afueras de la ciudad, la cabaña estaba ubicada a lado de la carretera principal, nos habían dicho que la entrada estaba un poco escondida ya que al desviarnos de la carretera principal teníamos que subir una especie de barranco aproximadamente 150 metros adentro.
Antes de entrar a la carretera paramos en un McDonalds para comer algo, fue ahí donde tomé la peor decisión de mi vida, le pedí que fuera ella quien condujera hasta Villa Tarina ya que era mejor al volante.
Después de comer retomamos el camino con ella al volante, íbamos escuchando música, sonriendo y diciendo una que otra ocurrencia, ella seguía manejando y yo podía sentir mis pies sobre la luna. De un momento a otro llamó mi atención el mal estado de aquel tramo de carretera que se nos aproximaba, pero no hubo tiempo para comentarlo y un suspiro fue más rápido que aquél instante fugaz.
Todo se oscureció a mi alrededor y lo último que recuerdo es ella sujetándome fuertemente la mano izquierda.
Aquella fue la primera vez que desperté en la cama de un hospital, ella había muerto. Lo que dijeron fue que una de las llantas de mi automóvil había salido disparada hacia la orilla y habíamos perdido el control del auto impactandonos contra la barra de seguridad de la carretera, Lorena se había impactado contra el cristal frontal “Fractura de cráneo, posible muerte instantánea” había dicho el doctor.
Y ahora, en ésta fría habitación era la segundo vez que despertaba en la cama de un hospital pero ésta vez no era eso lo que esperaba, había intentado suicidarme, no podía vivir sin ella.
Una pizca de realidad, me despierta de mi flashback, la voz de aquél sujeto diciendo nuevamente “¡Hey! Sofía, por fin has despertado”.
No quería hablar con nadie así que solo asentí e hice una mueca de resignación, el doctor estuvo hablando conmigo durante 30 quizá 40 minutos dándome lecciones de vida y ese tipo de cosas, pero yo sólo podía concentrarme en el lápiz que golpeaba frenéticamente en su tabla de notas al hablar, lo único que pude escuchar con atención fue “Tendrás que asistir a terapia grupal en el departamento de ayuda psiquiátrica”. Lo siguiente fue ver a mis padres, era la parte más difícil de cada día ver a mi madre llorar sin dejar de abrazarme y ver a mi padre hacerse el fuerte cada que intentaba hablar conmigo.
Y así transcurrieron los días, unas veces preferí el escape, la fuga, el mundo, otros momentos mejor me encerré en la burbuja, el dolor de perder a alguien a quien amas es indescriptible, tan indescriptible que el lenguaje que es tan amplio y tan vasto no puede abarcarlo, me estaba destruyendo a mi misma y no tenía motivos para estar, estaba viviendo el sufrimiento que jamás experimenté. Le tenía miedo a la vida, le tenía miedo a seguir sin ella, tenía miedo de olvidarla.
Pasaron semanas de aislamiento y por fin decidí seguir las indicaciones del doctor y asistir al centro de apoyo, al llegar ahí la recepcionista malhumorada me dirigió a una sala en donde lo único que había eran 15 sillas acomodadas en círculo, fui la primera en llegar. Después de mí, vi entrar a 4 chicos que al parecer ya se conocían de tiempo por la manera en la que se hablaban, eran de mediana edad y todos estaban tatuados. La sala se fue llenando de gente desconocida, al final ya no había ninguna silla vacía, hasta que por fin llegó el psiquiatra que nos atendería en esa sesión.
“Buen día jóvenes” dijo con una amplia sonrisa. “En la sesión de hoy, por lo visto tendremos a una nueva integrante” comentó dirigiendo su mirada hacia mí, pero era bastante obvio que los demás ya lo habían notado.
Dio inicio a su discurso motivacional y comenzó a pedirle a cada asistente en la sala que relatara su historia y el motivo que lo traía ahí. Escuchando a cada uno de ellos pude contar cerca de 3 violaciones, 2 familias disfuncionales, 5 relaciones fallidas, y yo, pues yo era el único intento de suicidio.
Cuando llegó mi turno de hablar, me quedé anonadada, no pude expresar la más mínima palabra. Entonces, como ejercicio el Psiquiatra pidió que hiciera una carta dirigida a Lorena (Al parecer había leído mi historial clínico y lo que le había contado al doctor de mi intento de suicidio), lo cual hice enseguida. Eso no fue difícil ya que tenía tantas cosas por decirle, sentía la mirada de todos los presentes mientras escribía pero al poco tiempo eso ya no importó, escribí y escribí, y sin darme cuenta ya tenía lágrimas en las mejillas, no lo noté hasta que uno de los chicos tatuados me puso un pañuelo en las piernas.
Al terminar de escribir, el psiquiatra me pidió que leyera la carta en voz alta e imaginara que se lo decía a ella, dudé al ver que todos en la sala me miraban, ya que nunca me había sentido cómoda al ser el centro de atención, pero me animó el haber escuchado cada una de sus historias y me sentía comprometida a participar ya que a ellos no les había importado que una desconocida conociera sus problemas de vida, y seguramente no era la única que se había puesto a llorar durante una sesión, entonces comencé:
Todo lo que quise decir, de la manera más breve lo expresé en esas líneas, lo expresé pero ella no estaba ahí, tampoco me iba a escuchar, y no importaba perder lágrimas, sí, lágrimas por su partida.
Al terminar de leer, todos se acercaron y me ofrecieron un abrazo, por un momento volví a sentirme viva, el abrumador y sofocante calor humano se sentía bien. La sesión terminó y me sentí más aliviada al volver a casa, comprendí que por más que quisiera que ella estuviese ahí ya no sucedería, ella había muerto, yo seguí viva.
Tengo un año asistiendo a esas sesiones del viejo hospital psiquiátrico de la ciudad, también tengo un año escribiendo cartas que nunca se van a entregar, mañana es un nuevo día, y todos los siguientes los dejo en manos de la naturaleza, es mi único Dios, el necesario, vamos a dejarlo en manos de la naturaleza. El recuerdo de vivir cada día como si fuera el último y lo que me motiva a seguir adelante, son aquellas cicatrices en mis muñecas, que parecieran líneas que solas cuentan una historia, me hacen recordar aquellos momentos que pensé que serían eternos, y no lo fueron, me hace recordar lo efímero de nuestra permanencia en la tierra, y que por más efímero que ésta sea, tenemos que aprovecharlo, dejar marca.
Lorena siempre estará presente en mi vida, cuando me reuna con ella trataré de que esté orgullosa de lo que pude hacer en su ausencia. Y estoy segura de que, aunque no todas las historias de amor tienen un final feliz, Lorena y yo somos, y fuimos, excelente historia.
Entonces ahí me di cuenta de que había fallado, me encontraba nuevamente en la habitación de un hospital, estaba en la sala de recuperación, mi intento de suicidio había sido un fracaso.
Era de esperarse, que me enamoraría de su manera inédita, porque conozco infiernos, y ese no era uno de ellos, era la época más feliz de mi vida, era como vacacionar cada que observaba sus ojos, su pupila clavada con la mía, y las canciones que teníamos en común de fondo, era de esperarse que me enamoraría de Lorena.
No sabía si quererla tanto me iba a dejar loca, era la persona perfecta. Porque antes de amarle no sabía que cuando conoces el amor, también conoces al dolor más grande.
Aquél día cumpliriamos 4 años de conocernos, lo recuerdo perfectamente. Ya teníamos el plan del día, yo la recogería a las 8:30 a.m. en su casa, en el portaequipaje de mi chevy rojo, aquella carcacha que mi padre me había regalado como regalo de cumpleaños, ya estaban mis maletas y todo lo necesario para un fin de semana juntas.
Como habíamos quedado llegué puntual a su casa, cuando la vi en la puerta esperando, con su cabello negro que llegaba hasta su cintura bailando al ritmo del aire que lo movía me quedé perpleja y no pude evitar pensar en la la suerte que tenía al haberme enamorado de un ser humano tan perfecto, que a pesar de todo me amaba con la misma intensidad que yo lo hacía. Bajé del auto y camine hasta la entrada de su casa para ayudarle con las maletas, al llegar se limitó a sonreír y a recibirme con un cálido beso como acostumbraba.
Ya en el auto comenzamos a platicar de cómo había pasado tan rápido el tiempo desde la primera vez que nos vimos, “No quiero que ésto termine nunca” me decía, “No, nunca terminará cariño, así que despreocupate y disfrutemos este fin de semana” le contesté.
Nos dirigimos a “Villa Tarina” una casa de lago que rentaban a muy buen precio a las afueras de la ciudad, la cabaña estaba ubicada a lado de la carretera principal, nos habían dicho que la entrada estaba un poco escondida ya que al desviarnos de la carretera principal teníamos que subir una especie de barranco aproximadamente 150 metros adentro.
Antes de entrar a la carretera paramos en un McDonalds para comer algo, fue ahí donde tomé la peor decisión de mi vida, le pedí que fuera ella quien condujera hasta Villa Tarina ya que era mejor al volante.
Después de comer retomamos el camino con ella al volante, íbamos escuchando música, sonriendo y diciendo una que otra ocurrencia, ella seguía manejando y yo podía sentir mis pies sobre la luna. De un momento a otro llamó mi atención el mal estado de aquel tramo de carretera que se nos aproximaba, pero no hubo tiempo para comentarlo y un suspiro fue más rápido que aquél instante fugaz.
Todo se oscureció a mi alrededor y lo último que recuerdo es ella sujetándome fuertemente la mano izquierda.
Aquella fue la primera vez que desperté en la cama de un hospital, ella había muerto. Lo que dijeron fue que una de las llantas de mi automóvil había salido disparada hacia la orilla y habíamos perdido el control del auto impactandonos contra la barra de seguridad de la carretera, Lorena se había impactado contra el cristal frontal “Fractura de cráneo, posible muerte instantánea” había dicho el doctor.
Y ahora, en ésta fría habitación era la segundo vez que despertaba en la cama de un hospital pero ésta vez no era eso lo que esperaba, había intentado suicidarme, no podía vivir sin ella.
Una pizca de realidad, me despierta de mi flashback, la voz de aquél sujeto diciendo nuevamente “¡Hey! Sofía, por fin has despertado”.
No quería hablar con nadie así que solo asentí e hice una mueca de resignación, el doctor estuvo hablando conmigo durante 30 quizá 40 minutos dándome lecciones de vida y ese tipo de cosas, pero yo sólo podía concentrarme en el lápiz que golpeaba frenéticamente en su tabla de notas al hablar, lo único que pude escuchar con atención fue “Tendrás que asistir a terapia grupal en el departamento de ayuda psiquiátrica”. Lo siguiente fue ver a mis padres, era la parte más difícil de cada día ver a mi madre llorar sin dejar de abrazarme y ver a mi padre hacerse el fuerte cada que intentaba hablar conmigo.
Y así transcurrieron los días, unas veces preferí el escape, la fuga, el mundo, otros momentos mejor me encerré en la burbuja, el dolor de perder a alguien a quien amas es indescriptible, tan indescriptible que el lenguaje que es tan amplio y tan vasto no puede abarcarlo, me estaba destruyendo a mi misma y no tenía motivos para estar, estaba viviendo el sufrimiento que jamás experimenté. Le tenía miedo a la vida, le tenía miedo a seguir sin ella, tenía miedo de olvidarla.
Pasaron semanas de aislamiento y por fin decidí seguir las indicaciones del doctor y asistir al centro de apoyo, al llegar ahí la recepcionista malhumorada me dirigió a una sala en donde lo único que había eran 15 sillas acomodadas en círculo, fui la primera en llegar. Después de mí, vi entrar a 4 chicos que al parecer ya se conocían de tiempo por la manera en la que se hablaban, eran de mediana edad y todos estaban tatuados. La sala se fue llenando de gente desconocida, al final ya no había ninguna silla vacía, hasta que por fin llegó el psiquiatra que nos atendería en esa sesión.
“Buen día jóvenes” dijo con una amplia sonrisa. “En la sesión de hoy, por lo visto tendremos a una nueva integrante” comentó dirigiendo su mirada hacia mí, pero era bastante obvio que los demás ya lo habían notado.
Dio inicio a su discurso motivacional y comenzó a pedirle a cada asistente en la sala que relatara su historia y el motivo que lo traía ahí. Escuchando a cada uno de ellos pude contar cerca de 3 violaciones, 2 familias disfuncionales, 5 relaciones fallidas, y yo, pues yo era el único intento de suicidio.
Cuando llegó mi turno de hablar, me quedé anonadada, no pude expresar la más mínima palabra. Entonces, como ejercicio el Psiquiatra pidió que hiciera una carta dirigida a Lorena (Al parecer había leído mi historial clínico y lo que le había contado al doctor de mi intento de suicidio), lo cual hice enseguida. Eso no fue difícil ya que tenía tantas cosas por decirle, sentía la mirada de todos los presentes mientras escribía pero al poco tiempo eso ya no importó, escribí y escribí, y sin darme cuenta ya tenía lágrimas en las mejillas, no lo noté hasta que uno de los chicos tatuados me puso un pañuelo en las piernas.
Al terminar de escribir, el psiquiatra me pidió que leyera la carta en voz alta e imaginara que se lo decía a ella, dudé al ver que todos en la sala me miraban, ya que nunca me había sentido cómoda al ser el centro de atención, pero me animó el haber escuchado cada una de sus historias y me sentía comprometida a participar ya que a ellos no les había importado que una desconocida conociera sus problemas de vida, y seguramente no era la única que se había puesto a llorar durante una sesión, entonces comencé:
“Siempre quise hacer un poema sobre ti,
Tantas cosas por hacer, planes hermosos, siempre.
Es triste que hoy que no estás tenga aún más ganas de hacerlo.
Buena suerte se llama a lo que obtuve algunos meses a tu lado,
Jodida mala suerte por aquellos errores que pudieron suceder.
Fragmentos de mi vida, cosas que no quiero que sucedan con alguien más.
Las ideas locas de suicidio vienen a mi mente y te extraño.
Ya no conduzco más y le tengo miedo a las carreteras.
Eres constante en mis pensamientos, en textos,
No eres invisible, eres bastante visible, a pesar de que no estás.
Y sea donde sea que estés, yo sueño con encontrarte”.
Todo lo que quise decir, de la manera más breve lo expresé en esas líneas, lo expresé pero ella no estaba ahí, tampoco me iba a escuchar, y no importaba perder lágrimas, sí, lágrimas por su partida.
Al terminar de leer, todos se acercaron y me ofrecieron un abrazo, por un momento volví a sentirme viva, el abrumador y sofocante calor humano se sentía bien. La sesión terminó y me sentí más aliviada al volver a casa, comprendí que por más que quisiera que ella estuviese ahí ya no sucedería, ella había muerto, yo seguí viva.
Tengo un año asistiendo a esas sesiones del viejo hospital psiquiátrico de la ciudad, también tengo un año escribiendo cartas que nunca se van a entregar, mañana es un nuevo día, y todos los siguientes los dejo en manos de la naturaleza, es mi único Dios, el necesario, vamos a dejarlo en manos de la naturaleza. El recuerdo de vivir cada día como si fuera el último y lo que me motiva a seguir adelante, son aquellas cicatrices en mis muñecas, que parecieran líneas que solas cuentan una historia, me hacen recordar aquellos momentos que pensé que serían eternos, y no lo fueron, me hace recordar lo efímero de nuestra permanencia en la tierra, y que por más efímero que ésta sea, tenemos que aprovecharlo, dejar marca.
Lorena siempre estará presente en mi vida, cuando me reuna con ella trataré de que esté orgullosa de lo que pude hacer en su ausencia. Y estoy segura de que, aunque no todas las historias de amor tienen un final feliz, Lorena y yo somos, y fuimos, excelente historia.

