Y de pronto, cierto día te percatas de cuánto tiempo ha pasado, te
das cuenta de que ya no sigues siendo esa niña de 15 años que odiaba el olor a
cigarro, que se sentía culpable al salirse de clases en la preparatoria con sus
compañeros, para ir a la casa de alguno de ellos y que de igual manera lo hacía.
Ya no existen más aquellos adolescentes ingenuos que reunían
dinero para comprar una botella de vodka, con la que horas después, ya estando
esa botella vacía se convertiría en el objeto perfecto para iniciar un clásico juego
en donde tienes esa excusa perfecta para besar a todos los presentes.
No existen más esas horas libres antes de un examen en las que
rezabas a santos desconocidos para recordar todas las respuestas, o que por lo
menos el de al lado las tuviese correctas.
Has dejado de ser aquella niña que se enamoraba de palabras
delante de un monitor, que sonreía ante los pixeles vistos en una fotografía
digital, que pasaba la noche entera buscando el amor en extraños conocidos de
internet.
Dejaste de ser la chica que siempre pretendía caerle bien a todos,
ya no eres aquella que hacia los “Test” en las revistas de moda y que leía
consejos irreflexivos y popularizados.
Has olvidado cómo era sentirse DIFERENTE a todas las chicas de tu
edad, para darte cuenta de que efectivamente lo eres, ya no te queda duda de
ello.
Ahora percibes las cosas de una manera diferente también, ahora
lloras por razones que nunca imaginaste, te preocupas por el “mañana”, tomas
las cosas con más seriedad de lo común, te das cuenta de que has crecido.
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